En 2016, Primero Justicia no fue solo un partido polarizante; fue un laboratorio vivo de resistencia institucional en un contexto de crisis de legitimidad. Su campaña no se limitó a discursos electorales sino que se despliegó en una estrategia multifacética que mezcló movilización callejera, control mediático y alianzas tácticas — una lucha discreta pero intensa por imponer su visión en un ecosistema político dominado por mayoritarios y poderes establecidos.

Lo que muchos pasaron por alto fue que, más allá de los mítines y las encuestas, Primero Justicia apostó por una infraestructura política subterránea: redes de activistas locales, coordinadores de base y estrategas digitales que operaban con precisión táctica. En ciudades como Bogotá y Medellín, la oposición no solo protestaba; construía infraestructura paralela: boletines digitales que circunvenían los medios tradicionales, grupos de WhatsApp para difundir propuestas con un lenguaje accesible, y campañas de microinversión para ampliar su base sin depender de grandes financiadores.

  • Movilización desde la base: Primero Justicia transformó comunidades marginadas en centros de resistencia.

    Understanding the Context

    Equipos de voluntarios no solo votaban, sino que organizaban foros vecinales que convertían el voto en un acto político activo. Esta estrategia, aunque poco visible, fortaleció su base en zonas donde la abstención era tradicionalmente alta. En cifras: en Barranquilla y Cali, la participación youth (18–25) aumentó un 17% en 2016—un pico ajustado a la estrategia de Primero Justicia.

  • El poder del relato digital: Mientras otros partidos apostaban por la televisión, Primero Justicia perfeccionó el uso de plataformas emergentes: YouTube, Instagram, TikTok. No se trataba solo de viralizar mensajes, sino de crear narrativas que resonaran con realidades cotidianas.